Al pensar en alguien durante su faceta de cuidado, nos imaginamos a un especialista con su bata blanca o azul. Es lógico. Son los médicos, los enfermeros, los farmacéuticos, y un largo etcétera, los que velan por nuestro bienestar más seguro e íntegro. Sin embargo existe otra figura bien asentada en nuestra sociedad como cuidador. Esta persona, nunca cierra su consultorio ni aplaza las citas. Es más, suele aplazar las citas propias para quedarse al cuidado de su paciente.

¿Qué representa la figura del cuidador?

Cuando a un familiar, se le diagnostica una enfermedad altamente dependiente, como suele ser la del Alzheimer se tiende a ensalzar la figura del que será el cuidador. Estas enfermedades pueden llegar a prolongarse en el tiempo. Como consecuencia el cuidado se queda completamente ligado a la dependencia del enfermo y su vida sufre un cambio de 180º afectando a cualquier ámbito en su vida.

No es sorprendente por tanto, que pasado un tiempo, el cuidador sienta una presión en sus emociones más profundas. Aparece un completo desgaste tanto físico como emocional en él. Angustia, falta de apetito, palpitaciones, entre otras muchas, pueden ser los síntomas que experimenta el cuidador. La ayuda e implicación del resto en la figura del cuidador será primordial para reconocer que él también necesita de atención.

La figura del cuidador sentirá en sus propias carnes cómo sufre el aislamiento social, de hecho, en la mayoría de los casos se vive directamente en la misma casa que el enfermo. Pasado un tiempo, el cuidador sentirá que no tiene más posibilidades que la de ser cuidador. Sin duda, vive una situación compleja, lo que disminuirá su capacidad para resolución del problema.

Cuidando al cuidador ¿Es posible?

Hasta las personas más resistentes son puestas en una verdadera prueba de vida cuando se presenta el cuidado de un enfermo diario. Por ello no debe servir como pretexto la posible fortaleza o no de alguien. No tiene por qué ser necesariamente los enfermos nuestros padres, sino cualquier otra persona o familiar cercano, como nuestro cónyuge, nuestro abuelo o incluso un hijo. No sabemos qué clase de pruebas nos tiene preparadas la vida hasta que te las muestra sobre la mesa, sin preámbulo alguno.

Lo primero que demos de reconocer es nuestra labor como cuidador. Cuando ya tengamos claro nuestro papel ante el enfermo podremos por tratar las consecuencias que esto conlleva en nuestra vida como cuidador. Esta figura del cuidador no solamente sufre cansancio por su labor, sino un gran torbellino de emociones, que irán desde la sensación de culpa y gratificación por cuidar del ser querido hasta el verdadero estrés y frustración por la situación que se vive.

Debemos en estos casos en los que sostenemos el cuidado de un enfermo, aceptar ayuda. En general, cualquier aceptación será bienvenida. Como por ejemplo, que alguien cercano se ofrezca a pasearle, darle la comida o hacer las compras algunos días a la semana. Especialmente debes pensar que jamás existirá el cuidador perfecto, por lo que debemos centrarnos en lo que podemos ofrecer realmente de nosotros. Entregar nuestra vida desde su comienzo hasta su fin, no será lo mejor para el enfermo, y por supuesto para ti. Piensa que si tú te encuentras bien, tendrás la oportunidad de que el enfermo vea tu mejor versión. Aquella en la que estás realmente bien contigo mismo.

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